Pues sí, durante poco más de dos días, un mini viaje de visto y no visto, volví a Madrid. Después de casi 6 meses circulando por Europa, coincidiendo con el día de Reyes, me monté en un avión y volví a la que un día fue mi ciudad.
Tomé la decisión un día por la tarde, a mediados de Diciembre, mientras leía con perplejidad las noticias que nos llegan, nada halagüeñas, desde España. Pensé que sería una bonita sopresa para mi gente aparecer por allí sin más, sin avisar. Dejé a Nico de rodriguez con nuestras pequeñas y como en aquel anuncio de turrones donde el chaval volvía a casa por navidad, mochila en mano y sólo habiendo informado de mi llegada a un par de amigos, me levanté el día 5 a las 5 de la mañana y con el estómago agitado por los nervios, llegué a Schönefeld. Salíamos de Berlín a las 08:10 y todo parecía ir viento en popa, hasta que nos subimos al avión y después de un buen rato sentados sin saber porqué no salíamos, el capitán nos informó de que no podían cerrar la puerta porque se había congelado. Los ingenieros intentaban cerrarla sin éxito y finalmente, nos bajaron, transladaron nuestras maletas a otro avión y salimos, una hora y media de después. Respiré tranquila cuando estábamos ya en el aire, porque llegué a pensar que todo mi plan se iría al traste y con él, la consiguiente sorpresa de mi inesperada llegada.
Lo más duro de estar lejos de casa es no tener cerca a la gente que quieres, a la familia, a los amigos. Si, esa gente que por alguna extraña razón te quiere con tus defectos y no a pesar de ellos, esa gente que acude a ti cuando lo necesitas, que llora y ríe contigo; al fin y al cabo, esa gente que hace que la vida merezca la pena. Y después de tanto tiempo, cada abrazo, cada beso, cada instante, me recargó de fuerza, energía y ganas de seguir peleando por un futuro mejor.
Para el día de Reyes lo tenía todo perfectamente planeado: había ido recopilando información sobre hora y lugar en las que mi familia celebraría la comida, engañé a mi tía diciéndole que un repartidor de Mallorca se pasaría por allí el día 5 a entregarles una cesta que previamente les había encargado y que la llamarían a ella para que les abriese la puerta sin levantar sospechas entre los más pequeños. Aí que, roscón de Reyes en mano, salí a la calle camuflada bajo un chubasquero con capucha y llegué al portal de casa de mi abuela. Cambié la configuración del móvil para que no saliese mi número en el móvil de mi tía, puse una voz rara y conseguí mi objetivo: me abrió la puerta sin sospechar nada. Me subí al ascensor, llegué al quinto piso, llamé al timbre y me escondí; detrás de la puerta escuchaba las voces de mi hermana y mis primos. Se abrió la puerta, se hizo un silencio y entonces aparecí de un salto: SORPRESA!!! Nunca olvidaré las caras de sorpresa que una tras otra aparecían por el pasillo, los abrazos, los besos, el reencuentro. Luego de asimilar que estaba allí, nos sentamos a la mesa a disfrutar de la comida de la abuela, de todo lo que teníamos que contarnos, de estar juntos de nuevo. Y así, después con mis demás tíos, primos, abuelos, amigos…
Han sido unas horas intensas, llenas de recuerdos, de cariño. Me subí al avión con una sensación amarga y complicada; por una parte, feliz de haber estado allí y haber disfrutado estas horas con mi gente. Por la otra, triste de volver a dejarlos atrás.
Llegué a Berlín ya tarde, cogí el bus y el metro y llegué a casa. Subí las escaleras y me encontré todo el pasamanos lleno de globos de colores y un inmenso cartel: Bienvenida a casa. Te echábamos de menos. Abrí la puerta y allí estaban mis galguitas moviéndo la cola feliz de verme y Nico, sonriendo y acercándose a mí con los brazos abiertos. Nos abrazamos y le dije: Ya estoy en casa!
- Sí, ya estás en casa… te hemos echado de menos…
